El eclipse es un instante en el que se unen la luz y la oscuridad. Puede entenderse como el cruce de opuestos pero también como la unión complementaria de estos. El ying y el yang de los orientales; lo bueno y lo malo de los indios americanos; el cielo y la tierra de los primitivos maoríes... O lo cóncavo y convexo con lo que soñamos. Instantáneas de un mundo perdido, utopías, logros y fracasos, dialogan en estas historias mínimas de esperanzas grandes.

martes, 18 de mayo de 2010

Mayo de 2010

Mayo de 2010. Los edificios del centro de Buenos Aires se decoran con aire circense. Banderas del tamaño de lonas de camión cuelgan de calles y balcones, flameando por el viento del otoño; y pantallas de Led multiplican el aire festivo con publicidades y promociones sobre la Selección nacional.
La crisis financiera se hizo sentir poco el año pasado porque sucedió con el país aislado de los mercados financieros; las exportaciones crecen porque suben los precios de los alimentos; el gobierno y los medios bajan la idea de que ganar el Mundial de Fútbol sería la coronación del Bicentenario.
En España, la “Madre Patria”, se vive un proceso de crisis que muchos analistas comparan con el de Argentina en 2001. Recortes del gasto público con despidos, reducciones de salarios y asignaciones familiares, afectación del gasto social y freno de inversiones, corridas bursátiles, suba de intereses y tantos etcéteras como calamidades se conozcan. Con la rapidez de la sangre a la herida, salen a las calles los trabajadores y organizaciones sociales. La Comunidad Europea dará carradas de dinero a los bancos para que no se repita lo de Grecia.
En Argentina, cuando los bancos habían fugado los depósitos, el Estado devaluó y les dio a las entidades bonos de deuda para cubrir la diferencia entre los depósitos en dólares y los pesos que devolvieron a la gente.
Todo porque el país del tango había anclado su economía y emisión monetaria al Dólar desde 1990 hasta 2002. En Europa los países lo hicieron al Euro. Las monedas fuertes demandan economías que crezcan siempre para sostenerlas. Cuando no crecen las apuntala el sistema financiero. Pero si eso se extiende hay una burbuja que se retroalimenta. Antes de ayer Argentina; ayer Grecia; hoy España.
Lo de los hombres de la Bolsa es un cuento para asustar a los niños y una realidad que enloquece a los grandes. Grecia ya recibió su primer desembolso de miles de millones de Euros para que no saque los pies del plato. Y así se contiene el efecto dominó. O se pone un parche. El sistema financiero dialoga consigo mismo, se regenera. Nos dice que su salvación es la de todos. Socializa las pérdidas y capitaliza las ganancias.
200 años separan a Argentina de España. La madre y la hija comparten trajes de candidatas en el Mundial de Fútbol. Pero en la ruleta del sistema económico ocupan distintos lugares. Aunque ambas conocen el paño: la banca nunca pierde.

lunes, 17 de mayo de 2010

El niño del ómnibus

Por estas horas los diarios, canales de televisión y radios de Argentina reproducen la noticia de un niño de 11 años de la pequeña provincia de Tucumán, que se escapó de un Instituto Correccional de Minoridad, se subió a un ómnibus vacío, lo manejo recorriendo la capital durante una hora, fue a visitar un amigo y luego lo devolvió regresando al centro de alojamiento.
Presurosos de mantener en la agenda de discusión pública la problemática de seguridad abordada desde lo punitivo y represivo, la mayor parte de los analistas coinciden en el riesgo de que adolescentes bajo tutela por proceso penal se escapen fácilmente y estén sin controles, adhiriendo a la necesidad de “aumentar las penas”, para “meterles más miedo”, con la hipócrita idea de que el temor inmoviliza.
Pocos reparan en las palabras de una de las psicólogas y del director del instituto donde el niño purga su transitoria condena. La primera reveló que el nene siempre decía a todos que su sueño era ser conductor de ómnibus y andar por la ciudad. Y el otro aportó que tenía antecedentes de fuga.
El niño volvió a escaparse. Pero esta vez el motivo era que tras el cerco perimetral había visto un ómnibus estacionado.
Con la voracidad alentada por la fuerza de los sueños, el niño se fugó. Después llegó al rodado del tamaño de un arco de fútbol, a duras penas subió los escalones, cerró la puerta, lo arrancó y a tientas empezó a cumplir su sueño.
Dicen que por primera vez en su vida en la calle lo respetaban, frenaban para darle paso, los que hasta hace poco no le daban monedas ni siquiera se animaban a reclamarle por una mala maniobra. ¡Qué distinto se veía el mundo! ¡Qué raro era que lo esperaran a pasar! ¡Qué raro que le dieran lugar!
Era tan hermoso todo, que el niño decidió completar la faena yendo a visitar a su mejor amigo. Le mostró su hazaña, lo invitó a subir a la nave y después se entregó. El niño ya está de nuevo encerrado. Fin de la travesura. Fin del sueño.

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En un sistema de minoridad represivo y excluyente, propio de una sociedad que estigmatiza la pobreza y persigue las secuelas carcelarias para dar trabajo, tal vez ese niño tucumano ya ha asimilado que de grande existen casi nulas posibilidades de ser chofer de ómnibus.
El niño decidió no esperar a mañana para cumplir su sueño. Saltó el alambrado y aún lastimado no hizo uso de la libertad para huir. Se subió al micro, fue conductor, vio a todos desde arriba, fue respetado y luego bajó a tierra.
En el tiempo que duró el recorrido, un ángel de la guarda acompañó al niño del reformatorio. Durante una hora de manejo no hubo un solo accidente con el micro. El sueño fue completo para quien sufre una realidad tan dura. Buen premio para un alma que se animó a apoderarse de su sueño hoy; y no esperar a un incierto mañana.

Idas y vueltas



Tal vez fueron tus manos
Que con magia de amatista
Sanaron cual mil arcanos
Sueños dolientes en vista.

Tus caricias fueron puentes
De plata en esta vil guerra
Con los anhelos pendientes
En eterna lucha que aterra.

Las luces de un amanecer
Me ofreciste con tus ojos
Y la tristeza del atardecer
Me insinuaron tus antojos.

Fuiste entrega sin medidas
Para mis penas sin razón
Surgidas de causas perdidas
Que desangraron un corazón.

Por eso tantas veces corrí
De tus brazos y tu piel
Como tantas otras volví
Con el olvido como miel.

domingo, 16 de mayo de 2010

Contrastes en el frío



Ya se empezaba a notar el frío en la ciudad. Recordaba su cuerpo, que me calmó en otro invierno. Admiraba a los que tienen la vida convencionalmente ordenada. A los que no terminan pasados los 30 solos en una plaza; apenas acariciando el lomo de un libro cuyas hojas pasan lentas como las horas. Extrañaba el amor.
En eso estaba cuando estacionó a la vera de la plaza ese automóvil. Un alemán de tres letras último modelo. De su interior se bajó un hombre que no tendría más de 30 años. Vestido con jeans y remera importada, salió maldiciendo mientras se miraba los zapatos Stork, cuyo negro era afectado por un trozo de helado del tamaño de una cuchara, que inexorablemente se empezaba a derretir.
Tomó una franela, apoyó el pié en el zócalo, y se empezó a sacar el helado del zapato, mientras gritaba.
-Te lo dije, no tiene que subir al auto con helado, ahora bajalo y que lo tome afuera solo. Así aprende.
Desde adentro, se escuchó una voz femenina aniñada, que asintió.
-Sí es verdad. Lo único que falta que encima ensucie el auto -agregó la mujer, para completar la plegaria con un seco “bajate”.
Por el lado del acompañante bajó un niño de no más de cuatro años, con ojos temerosos por la reprimenda. Los copitos de helado de frutilla aceleraron su caída, pues le temblaba la manito. Empezó a caminar rápido y solo hacia el cordón de la vereda.
El padre lo miraba apoyado en la puerta del conductor, con los brazos cruzados y moviendo la cabeza a los costados. La madre salió del auto despacio. Miró hacia el piso para evitar que el taco de sus nuevos Ricky Sarkany se clavaran los adoquines. Luego se sacudió las migas de galletita del piloto de cuero comprado en El Corte Inglés, durante su último viaje a Europa. Mientras revisaba las nuevas promociones del resumen de la tarjeta de crédito, apoyada en la puerta del acompañante, no dejaba de mirar al niño, aunque sin sacarse los anteojos de sol.
Pasaron varios minutos, con la misma escena y en silencio. Hasta que el nene terminó su manjar y vino corriendo al auto. La madre lo frenó. Tomó la franela y le dijo “antes de entrar limpiate”. El niño estrujó el trapo entre sus dedos. Después le mostró las palmas de la mano a su madre, que las miró de costado y le abrió la puerta para que subiera. Después el tipo hizo lo propio. Se escuchó la armonía del V 8, y después su desplazamiento sereno alrededor de la plaza, hasta perderse.
Iba de regreso a casa cuando los crucé. El no llegaba a los 40 y tiraba de una bicicleta destartalada que arrastraba un carrito cargado con cartones y botellas. Ella entrados los 30, iba a un costado revolviendo los canastos de basura. La ayudaba un niño de no menos de cinco años, que arrastraba una lata atada con un hilo, que él decía era un auto; el nene estaba sucio de todo menos de helados de frutilla.
De pronto el hombre detuvo su marcha. Miró el cielo con entrecejo fruncido. Luego se sacó la vieja campera que llevaba, camino unos metros y se la puso a su mujer, mientras le decía en voz baja “ya dejá amor, vamos que hace frío”. Se abrazaron con fuerza. El niño dejó por un momento el auto para correr hasta la pareja y extender su mano sucia, que encontró las de su madre, también percudidas de revolver bolsas. Y la pareja, entre risas, comenzó a tirar juntos de la bicileta. Mientras el niño tiraba de la lata, que dejó de sonar cuando abandonaron el asfalto para recorrer las calles de tierra.
Me quedé pensando en los contrastes de la vida. En los que tienen todo y no valoran nada, y los que aman lo poco que tienen, peleándola cada día.
Y aunque las necesidades siempre motivan los pensamientos, no pude evitar recordar al niño rico. En el sabor amargo de ese helado tomado en soledad, bajo el cronómetro de las miradas vacías de los padres. En él limpiándose las manos, para que en el lujo no hubiera lugar ni para el recuerdo de la dulzura. Y sentí frío. El frío de la desesperanza.


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Dedicado a los idiotas que dan a sus hijos una vida de reproches, peleas y tensiones, que buscan curar con lujos bajo la excusa de que “no les falta nada”. Los niños sólo esperan respeten su mundo de ilusiones y les den amor sincero y valores para cuando sean grandes y se animen a cambiar el mundo.


Por los niños de hoy y siempre...

Peter Pan....El canto del loco


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sábado, 15 de mayo de 2010

Sueño y realidad




Una vez un hombre solitario y atormentado por las contradicciones de un amor pasado soñó que era un héroe de tragedia griega. Se sentía a gusto con el personaje. Por esa maldición que pesa sobre los mártires de las grandes historias helénicas, respecto de cuanto más constriñen sus placeres por el bien de otros y más pruebas de hidalguía superan, la vida más se ensaña en el final de sus días. Casi siempre a los héroes los condenaba una profecía de algún oráculo, a la cual trataban de escapar haciendo el bien, pero finalmente el destino manifiesto se agolpaba con saña de forma inevitable. Como no quiso ser menos que esos héroes, el atormentado hombre en sueños decidió acudir a una pitonisa, que descansaba en la desembocadura de un río con una laguna. Después de aguardar un tiempo, la pronosticadora del futuro se erigió ante él, como una luz incandescente que le hablaba con voz determinante pero comprensiva a la vez; era la única forma de que las almas dolientes por errores pasados no se sintieran inquiridas.
Lo que sí, luego de la bienvenida la pitonisa le explicó cuáles eran las reglas de la mágica sesión.
“Me harás tu pedido. Después me contarás la aflicción que lo motiva. Y finalmente te haré una pregunta. Si la respondes, intercederé en tu reclamo. Si no puedes responderla, sólo te daré un consejo”.
El hombre devenido en héroe aceptó. No había nada que perder. O se solucionaban sus pesares o por lo menos se llevaba un consejo para solucionarlos. Y se predispuso a exponer su situación, de forma terminante y clara.
-Quiero que me ayudes a olvidar un amor pasado.
-Si la petición se sostiene en el amor, cuenta algo de él para saber si es una aflicción -afirmó la deidad, para recordarle la segunda etapa del trato.
-Su dolor era mi dolor; y no podía solucionarlo. Sus pesares eran mi angustia pero no supe más que aumentarlos. Sus vacíos los tomé como propios y no pude cubrirlos. Su tiritar fue mi frío y nunca salí del invierno. Sus caricias fueron consuelos y heridas. Su pasado mi condena. Su boca fue salvación y perdición. Su cuerpo el mundo por descubrir. Su ahogo fue mi desgarro. Su recuerdo la certeza de que puedo ser feliz y la imposibilidad de serlo. Fue lo más hermoso. La calma y la tormenta. La luz y la oscuridad. Por eso imploro salir con la bendición del olvido.
La pitonisa lo escuchó con atención. Hubo un silencio sólo afectado por oleaje del río absorbido por la laguna.
-Te he prestado atención en detalle. Concederé tu deseo si respondes lo siguiente: Cómo pides llevar al olvido lo que no sientes deseo de olvidar?

El hombre se quedó congelado y sin moverse. Como la araña en su propia trampa; pero él esperando nada.
-Veo que no puedes responder. Entonces te llevarás un consejo.
Cual guerrero abatido, el héroe se predispuso a escuchar con la tensión de lo irrepetible.
“El amor se honra. Viviéndolo intensamente o resignándose a no tenerlo. Pero jamás olvidándolo; porque no se puede. Un gran amor jamás se olvida. Debes recordarlo cada día. Te recuerda que eres humano”.
Con el peso de lo inevitable a cuestas, el guerrero se marchó. Y al soñador solitario le sonó el despertador. Otra vez a hacer el mismo trayecto, ver las mismas caras y trabajar con la misma rutina. Algunos tenían cara de mal dormidos o abatidos. Tal vez tuvieron el mismo sueño que él. Y recuerden por siempre un gran amor. Son incompletamente humanos.


Inolvidable: Diego El Cigala

viernes, 14 de mayo de 2010

Flashbak de nada


No alcanza la vida para demostrarlo

El tiempo plateará nuestras sienes

Con el sabor amargo del vacío

Como daga de conquista en el alma.

Pero me bastará un solo segundo

En el instante postrero de la parca

Para saber que te he amado

Tanto como no pude plasmar

En mis manos tan vacías de tí

Como llenas están de nada.

Ojos en la lluvia



Era una de las tantas primaveras de clima errático en La Plata. Después de días de cielo plomizo y baja presión en el aire, se hizo de noche a media tarde; y se desató un vendaval, con un viento que arremolinaba la cortina de agua en el aire. Me sorprendió cruzando plaza Moreno, pasando la piedra fundamental en la que triangulan las diagonales fundacionales cual cáliz de tiempos masónicos.
Los bocinazos y frenadas de los autos acompañaban el desconcierto. Como es inútil buscar tierra firme en un sismo, también era en vano buscar un techo o siquiera un refugio de ómmibus en medio de esa locura. Sólo atiné a subir corriendo la escalinata de la Catedral, alentado por la inercia de ver que la mayoría de los afectados como yo hacían lo mismo sin siquiera preguntarse si arriba había algo más allá de la imponencia de la mano del hombre para sumir a otros hombres tras la idea de Dios.
Al llegar arriba todos se dispersaban buscando cualquier rincón con algún pilar como falso techo para atenuar el aguacero. Fue en ese momento en que ingresé en el hueco de un umbral muy estrecho, con la particularidad de que de forma simultánea y divina lo hizo ella; llegamos al pequeño compartimiento de forma casi cronometrada, como si el que maneja los tiempos y es reverenciado en los altares así lo hubiera dispuesto.
Pegó su espalda a la pared para alejarse, lo cual era inútil. Su aliento agitado se traducía en el vaivén de su pecho. Reparó en su remera blanca mojada; y se abrazó a sus carpetas empapadas como buscando un escudo de pudor. Se resignó tragando saliva y mordió lentamente sus labios de ciruela madura. Recién ahí levantó su mirada, recortada por los mechones de su pelo azabache. Tras el blanco del susto, descansaban los ojos de un negro profundo como noches de mil inviernos sin luna; entrar en ellos era el desafío de navegar por constelaciones contando estrellas, historia de nunca acabar.
Lentamente mis pupilas se empezaron a dilatar por el cansancio; no quería parpadear por temor a perderme una milésima de segundo de ese paisaje en mis retinas. Pero tuve que hacerlo y aproveché par a mirar el cielo, que mermaba en su caos.
Cuando volví a mirarla, había bajado las carpetas hasta la ingle y las movías lentamente, como quien espera algo. Me encontré en la disyuntiva. Si la miraba a su pecho me perdía. Si la miraba a sus ojos me entregaba a lo desconocido. Decidí cerrar los ojos y soñar. Después de unos segundos abrí los ojos. Ella ya no estaba. Tampoco llovía; me marché maldiciendo las baldosas flojas.
Hay quienes son indulgentes y sospechan que aquella tarde me comporté como un idiota. Hay quienes son más realistas y sostienen de forma irrefutable que fui un idiota. Y hay quienes ni quieren escucharme hablar.
Ha pasado mucho tiempo de aquel día. Otras lluvias empantanaron caminos; otras baldosas traicionaron. Y nunca volví a encontrar esos ojos negros, que pasaron del miedo a la esperanza.
En algunos ojos esquivos descansé un tiempo; y me fui cuando ya no estaban como regazo. En otras pupilas sufrientes desfallecí; aunque ellas esperaban un hombre y encontraron un niño, y me fui de su lado por miedo crecer. Y en muchos pechos me perdí, para reencontrarme después.
En la vida hay tantas tormentas como esperanzas. Sigo aguardando unos ojos que tiendan un arco iris con los míos en la tempestad. Tal vez después de la prueba de bajar los párpados me encuentre con que ella no se fue. Que es ella la que cerró los ojos para soñar. Tal vez se atreva a volar; y yo juegue a Peter Pan. En el país del Nunca Jamás, donde no haya más lluias.